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Valores

En nuestra vida monástica queremos seguir los pasos de Jesús el Cristo, quien fue pobre, casto y obediente durante su vida terrenal. Intentando imitar esos aspectos de su vida, tomamos votos de pobreza, castidad y obediencia, tratamos de configurarnos a imagen de Él, el Hombre Perfecto, y al mismo tiempo intentamos cooperar con Él por el bien del mundo. Mediante el voto de estabilidad en el monasterio y la separación del mundo buscamos comprender que este mundo visible no es la realidad última: esperamos el glorioso retorno de Cristo, que inaugurará el Reino de Dios, donde ya no habrá muerte ni sufrimiento. Manifestamos esta espera principalmente al levantarnos todas las mañanas antes del amanecer para celebrar el oficio de vigilias. Dijo Jesucristo sobre su retorno glorioso: "Velad, porque no sabéis el día ni la hora" (Mc 13, 33).

Si renunciamos a bienes como el matrimonio, la familia y la participación en la sociedad es con el fin de estar completamente disponibles para lo Único necesario, es decir, para Dios. Así somos más libres de seguir el camino trazado por San Benito en su Regla: buscar a Dios (cap. 58). A decir verdad, es Dios quien encuentra al hombre primero. Pero también queremos, bajo la guía del Espíritu Santo, adentrarnos en el camino hacia Él con el fin de honrar el gran regalo que nos hace: su amistad. En el monasterio, todo está organizado para favorecer la intimidad con Dios. La arquitectura del monasterio dispone todos los edificios alrededor de la iglesia abacial y el claustro, dejando clara la orientación interior. Nos encontramos con Dios, ante todo, durante la plegaria personal y litúrgica, pero también mediante la lectio divina. Nos encontramos con él en el Padre Abad, que San Benito describió como representante de Cristo en el monasterio. También nos encontramos con Él en nuestros hermanos, especialmente los enfermos y los más débiles. Por eso nuestros periodos de ocio son importantes para nosotros. Nos encontramos con Él también en los visitantes, mediante el trabajo manual. Así, toda nuestra vida se basa en la contemplación de Dios y nos prepara para la vida en el Cielo, donde contemplaremos a Dios eternamente y lo adoraremos junto con los ángeles.