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Textos para la plegaria

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Plegarias para la Comunión

Acto de fe antes de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Cuando Te siento entrar en mí, oh Dios Eterno, Hijo del Padre, siento la necesidad de reanimar mi fe. ¡Eres Tú mismo quien ha venido a mí, Tú quien descendió en la Virgen María y convirtió su seno virginal en el santuario de Tu Majestad! Tú quien enviaste a tu Ángel, y ella le creyó cuando le dijo: Nada es imposible para Dios; el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la Virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Ella lo creyó, y concibió en sus entrañas a Aquél que la había creado. No me enviaste un Ángel, ¡oh, Salvador!, para decirme que vendrías sobre mí. Tú mismo me hablaste y me dijiste: Yo soy el pan de vida que viene de los cielos, aquél que coma de mi carne y beba de mi sangre vivirá en Mí, y Yo en él. Quisiste que estas palabras, pronunciadas hace más de veinte siglos, me llegaran a través de tu Iglesia para que yo las escuche con total certeza y que pueda humillar mi razón ante el más profundo de los misterios. ¡Creo, oh Salvador! Ayúdame en la debilidad de mi fe. Permíteme inclinarme, como María, ante Tu soberana razón; y ya que quieres venir hacia mí, quiero decir como ella, bajando la cabeza: « Que todo ocurra según tu palabra, porque yo no soy nada y Tú eres sabiduría y fortaleza ».

 

Acto de humildad antes de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Pero, ¡oh, Salvador!, cuando elegiste tu morada en el seno de la gloriosa Virgen, descendiste de los cielos para entrar en otro Paraíso. La habías preparado, desde su concepción, con toda clase de gracias. Ella te había sido más fiel que todos los Ángeles y todos los hombres juntos. ¿Cómo puedes elegir entonces mi corazón, tan indigno, como morada? ¿Cuántas veces ha negado la entrada a tu amoroso llamado? Y aunque siempre hubiese sido fiel, ¿qué es su bajeza frente a Tu soberana dignidad? Isabel se humilla al recibir la visita de María: ¿De dónde me viene este honor? dice, y a mí no me visita solamente la Madre de Dios, sino Dios mismo, y de una forma tan íntima que una unión más cercana no es posible. Y me dices, habitarás en Mí y Yo en ti. ¡Oh, Hijo de Dios! Posas tus ojos en los más débiles y a tu corazón le agrada habitar en ellos. Esta conducta me llena de fascinación, pero cuando siento que voy a ser su objeto, no puedo evitar hundirme en mi propia nada y te suplico que me la hagas conocer para que pueda, cuando Tú vengas, confesar Tu Gloria, Tu Misericordia y Tu Poder Soberano.

 

Acto de contrición antes de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Si yo pudiera, ¡oh Salvador! ser testigo de que mi insignificancia es el único obstáculo a la unión gloriosa a la que me invitas. Me aproximaría a Ti al lado de María la Inmaculada, mi augusta Reina, y osaría posar mi mano en el festín que ofrece ella, que se sienta a Tu lado. Pero nada hay de común entre el inocente y el pecador, entre la luz y las tinieblas. Yo he sido tu enemigo, ¡oh Salvador!, y Tú quieres entrar en mi corazón cuyas heridas vergonzosas apenas han cicatrizado. Tú anuncias que quieres habitar aquí como habitas en el corazón de María. ¡Ay! ¡Cómo me haces comprender la malicia de mis faltas, pues he ofendido a un Dios tan generoso, tan lleno de amor! ¿Qué puedo hacer yo, mientras espero el momento en que descenderás a mis tinieblas para transformarlas en luz, sino renovar el arrepentimiento que me causan mis numerosos pecados por los cual Te perdí y aquéllos por los que, sin perderte, te afligí? Acepta mi contrición, ¡oh, Salvador! Quiero prepararme para recibirte en mi corazón, enderezando en mí todo lo que se opone a la rectitud de tu Santa Ley.

 

Acto de amor antes de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Pues, ¡oh, Salvador! Quisiera amarte como María misma Te amó. ¿Acaso no eres mi Soberano como fuiste el suyo? Y además, ¿no me has otorgado, perdonando mis pecados, una ternura que ella nunca necesitó? ¡Te amo, oh Jesús! Que vas a entrar en mí, y me regocijo por Tu venida con la que mi amor crecerá. Cuando Tú entraste en María ella había vivido en santidad y justicia, ella Te amaba únicamente. Mas cuando Te sintió en ella, cuando vio que eras una con ella, su amor se acrecentó aún más hasta lo inconmensurable. ¡Que lo mismo ocurra en mi corazón cuando Tu entres en él, oh Salvador! Pero ven pronto, pues aunque soy indigno de Tu visita, no puedo evitar desearla. Pues Tú eres el Pan de vida del mundo, el Pan de cada día, gracias al cual prolongamos nuestra vida hasta la eternidad. ¡Ven, pues, Jesucristo, Nuestro Señor! Mi corazón está listo y tiene fe en Ti. Santa Virgen María, por la alegría que sentiste al portar en tu interior a Aquél a quien cielo y tierra no podían contener, ayúdame para que Él encuentre mi alma purificada y atenta. Santos Ángeles que contemplasteis con admiración y respeto a esta simple criatura que portaba a Dios en su vientre, tened piedad de un pecador cuyo corazón que antaño fue del Diablo va ahora a reunirse con Dios en su tabernáculo. Santos hombres y mujeres del cielo, y especialmente vosotros, mis fieles Patrones, rodeadme ahora que va a descender sobre mí, hombre pecador y mortal, Él que vive para siempre en vosotros, justos e inmortales.

 

Acto de adoración tras la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

¡Soberana Majestad de Dios! Te has dignado a descender sobre mí. Este privilegio que antaño estuvo reservado a la Santa Virgen es ahora también mío. ¿Podré adorarte en este momento tan profundamente como ella te adoró? En ese instante supremo, el sentimiento de su bajeza y su indignidad la habría abrumado de no ser por que Tu amoroso afecto la sostuvo y propició esta unión inefable entre el Creador y la criatura. ¡Oh Dios mío! No puedo sentir con tanta intensidad mi bajeza y sobre todo mi indignidad pese a ser más grandes, pero al menos puedo ver que has tenido que franquear infinitos obstáculos para venir hasta mí, para ser mi bien y mi tesoro. ¿Qué podría hacer que sea digno de Ti? ¿Cómo podría compensar la humillación que has soportado por amor a mí? No puedo más que adorarte, que humillarme, si fuera posible, hasta la nada. Y como esta adoración es indigna de ti, oso ofrecerte en este momento aquéllo que Te ofreció la propia María cuando se supo Madre de Dios y durante los nueve meses que moraste en ella. Tú me la entregaste como madre, permite que disponga de los bienes que me otorga: ella los pone a disposición de todos sus hijos para tu Gloria.

 

Acto de agradecimiento tras la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Mas, ¡oh, Salvador! María no se conformó con adorarte ella misma; su bienaventurado corazón pronto se expandió en agradecimiento. Ella se supo elegida entre todas las hijas de su pueblo, es más, entre todas las generaciones que la habían precedido y todas las que la seguirían: su alma se inundó de alegría y su boca apenas pudo expresar la felicidad que habitó en ella. ¡Ay! dijo ella, Él que es poderoso ha obrado en mí grandes milagros. Él ha visto mi bajeza y todas las generaciones me proclamaron Bienaventurada. Y a mí, oh Salvador, ¿acaso no me has otorgado una gracia de entre mil y diez mil por el regalo que me haces ahora? Me hiciste nacer en el tiempo tras Tu Encarnación y hoy no puedo sino sentirme privilegiado por este bien. Tú estás en mi interior, conozco el valor de tu Advenimiento, pero ¿cuántos todavía no te tienen en su interior, cuántos no te conocen siquiera? Tú los has invitado a todos, esto es cierto, pero un gran número de ellos no ha querido venir; y aunque a mí me has llamado mediante tu Misericordia, tu Justicia ha permitido que otros te nieguen. Bendito seas, oh Dios, que amas a todas Tus criaturas y no quieres que ninguna perezca sino por su propia mano. Tú que multiplicas los infinitos bienes de Tu amor.

 

Acto de amor después de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Te amaré pues, oh Dios, puesto que Tú me amaste primero. Y Te amaré incluso más ahora que has venido a mí, pues has centuplicado mi fuerza para amarte. ¿No hiciste lo mismo con María cuando la elegiste como tu Madre? Hasta ese momento, ninguna criatura te había sido más fiel, ninguna merecía más el mérito de ser preferida de entre todas las otras para este incalculable honor que concediste a una hija de los hombres. Pero cuando entraste en ella, cuando tu divina persona tocó su santa pero frágil mortalidad, María, transformada por así decirlo en Ti, conoció un amor que nunca antes había conocido. ¡Ay Jesús, haz que pueda conocerlo yo! ¡Que mi propia vida se pierda en la Tuya! Pues la visita con la que me has honrado no es una visita humana. No has entrado en mi casa sino en la intimidad de mi alma, y según la palabra de tu Santo Apóstol, yo ya no vivo, eres Tú quien vive en mí. Debo por tanto amarte si me amo a mí mismo, pues Tú habitas en mí y yo en Ti, ya no quiero separarme de Ti. Quiero que mi corazón y mi vida sean una con la Tuya, por toda la eternidad.

 

Acto de dedicación tras la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Pero, ay alma mía, si amas a Dios tu Señor, aspira a vivir para Él. La presencia de Jesucristo en María no se produce sólo en ella. Cuando ocurre, nace una completa devoción por la Gloria de Él, que es a la vez su Dios y su hijo. Esta presencia íntima sembró en María un fuerte apego a todas las voluntades divinas, que le dieron fuerza para atravesar todas las pruebas que la esperaban sin desfallecer. Tú has querido también, ¡oh Salvador!, darme fuerzas con esta visita. Hasta el día en que deba dejar este mundo para presentarme frente a Ti tengo que caminar un sendero repleto de obstáculos, algunos difíciles de superar. Si yo Te amo, triunfaré sobre todos. ¿Y cómo podría no amarte, si acabas de hacerme esta visita y la repetirás siempre que me presente a ti con un deseo sincero? Estoy en Ti como Tú estás en mí. Observa mi más grande debilidad y dame fuerza. Mi fe descansa en Tu misericordia, de la que acabo de recibir la más valiosa prueba.

 

Plegaria a Nuestra Señora, a los Ángeles y a los Santos tras la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Oh María, conserva en mí el fruto de esta visita de tu Hijo Divino. Ángeles del Cielo, conservad intacta la morada de vuestro Maestro. Santos y Santas, orad para que no pierda a este Dios soberano con el que estáis felizmente unidos por toda la eternidad.

Plegarias para la Comunión

Plegarias para la Comunión

Acto de fe antes de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Cuando Te siento entrar en mí, oh Dios Eterno, Hijo del Padre, siento la necesidad de reanimar mi fe. ¡Eres Tú mismo quien ha venido a mí, Tú quien descendió en la Virgen María y convirtió su seno virginal en el santuario de Tu Majestad! Tú quien enviaste a tu Ángel, y ella le creyó cuando le dijo: Nada es imposible para Dios; el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la Virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Ella lo creyó, y concibió en sus entrañas a Aquél que la había creado. No me enviaste un Ángel, ¡oh, Salvador!, para decirme que vendrías sobre mí. Tú mismo me hablaste y me dijiste: Yo soy el pan de vida que viene de los cielos, aquél que coma de mi carne y beba de mi sangre vivirá en Mí, y Yo en él. Quisiste que estas palabras, pronunciadas hace más de veinte siglos, me llegaran a través de tu Iglesia para que yo las escuche con total certeza y que pueda humillar mi razón ante el más profundo de los misterios. ¡Creo, oh Salvador! Ayúdame en la debilidad de mi fe. Permíteme inclinarme, como María, ante Tu soberana razón; y ya que quieres venir hacia mí, quiero decir como ella, bajando la cabeza: « Que todo ocurra según tu palabra, porque yo no soy nada y Tú eres sabiduría y fortaleza ».

 

Acto de humildad antes de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Pero, ¡oh, Salvador!, cuando elegiste tu morada en el seno de la gloriosa Virgen, descendiste de los cielos para entrar en otro Paraíso. La habías preparado, desde su concepción, con toda clase de gracias. Ella te había sido más fiel que todos los Ángeles y todos los hombres juntos. ¿Cómo puedes elegir entonces mi corazón, tan indigno, como morada? ¿Cuántas veces ha negado la entrada a tu amoroso llamado? Y aunque siempre hubiese sido fiel, ¿qué es su bajeza frente a Tu soberana dignidad? Isabel se humilla al recibir la visita de María: ¿De dónde me viene este honor? dice, y a mí no me visita solamente la Madre de Dios, sino Dios mismo, y de una forma tan íntima que una unión más cercana no es posible. Y me dices, habitarás en Mí y Yo en ti. ¡Oh, Hijo de Dios! Posas tus ojos en los más débiles y a tu corazón le agrada habitar en ellos. Esta conducta me llena de fascinación, pero cuando siento que voy a ser su objeto, no puedo evitar hundirme en mi propia nada y te suplico que me la hagas conocer para que pueda, cuando Tú vengas, confesar Tu Gloria, Tu Misericordia y Tu Poder Soberano.

 

Acto de contrición antes de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Si yo pudiera, ¡oh Salvador! ser testigo de que mi insignificancia es el único obstáculo a la unión gloriosa a la que me invitas. Me aproximaría a Ti al lado de María la Inmaculada, mi augusta Reina, y osaría posar mi mano en el festín que ofrece ella, que se sienta a Tu lado. Pero nada hay de común entre el inocente y el pecador, entre la luz y las tinieblas. Yo he sido tu enemigo, ¡oh Salvador!, y Tú quieres entrar en mi corazón cuyas heridas vergonzosas apenas han cicatrizado. Tú anuncias que quieres habitar aquí como habitas en el corazón de María. ¡Ay! ¡Cómo me haces comprender la malicia de mis faltas, pues he ofendido a un Dios tan generoso, tan lleno de amor! ¿Qué puedo hacer yo, mientras espero el momento en que descenderás a mis tinieblas para transformarlas en luz, sino renovar el arrepentimiento que me causan mis numerosos pecados por los cual Te perdí y aquéllos por los que, sin perderte, te afligí? Acepta mi contrición, ¡oh, Salvador! Quiero prepararme para recibirte en mi corazón, enderezando en mí todo lo que se opone a la rectitud de tu Santa Ley.

 

Acto de amor antes de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Pues, ¡oh, Salvador! Quisiera amarte como María misma Te amó. ¿Acaso no eres mi Soberano como fuiste el suyo? Y además, ¿no me has otorgado, perdonando mis pecados, una ternura que ella nunca necesitó? ¡Te amo, oh Jesús! Que vas a entrar en mí, y me regocijo por Tu venida con la que mi amor crecerá. Cuando Tú entraste en María ella había vivido en santidad y justicia, ella Te amaba únicamente. Mas cuando Te sintió en ella, cuando vio que eras una con ella, su amor se acrecentó aún más hasta lo inconmensurable. ¡Que lo mismo ocurra en mi corazón cuando Tu entres en él, oh Salvador! Pero ven pronto, pues aunque soy indigno de Tu visita, no puedo evitar desearla. Pues Tú eres el Pan de vida del mundo, el Pan de cada día, gracias al cual prolongamos nuestra vida hasta la eternidad. ¡Ven, pues, Jesucristo, Nuestro Señor! Mi corazón está listo y tiene fe en Ti. Santa Virgen María, por la alegría que sentiste al portar en tu interior a Aquél a quien cielo y tierra no podían contener, ayúdame para que Él encuentre mi alma purificada y atenta. Santos Ángeles que contemplasteis con admiración y respeto a esta simple criatura que portaba a Dios en su vientre, tened piedad de un pecador cuyo corazón que antaño fue del Diablo va ahora a reunirse con Dios en su tabernáculo. Santos hombres y mujeres del cielo, y especialmente vosotros, mis fieles Patrones, rodeadme ahora que va a descender sobre mí, hombre pecador y mortal, Él que vive para siempre en vosotros, justos e inmortales.

 

Acto de adoración tras la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

¡Soberana Majestad de Dios! Te has dignado a descender sobre mí. Este privilegio que antaño estuvo reservado a la Santa Virgen es ahora también mío. ¿Podré adorarte en este momento tan profundamente como ella te adoró? En ese instante supremo, el sentimiento de su bajeza y su indignidad la habría abrumado de no ser por que Tu amoroso afecto la sostuvo y propició esta unión inefable entre el Creador y la criatura. ¡Oh Dios mío! No puedo sentir con tanta intensidad mi bajeza y sobre todo mi indignidad pese a ser más grandes, pero al menos puedo ver que has tenido que franquear infinitos obstáculos para venir hasta mí, para ser mi bien y mi tesoro. ¿Qué podría hacer que sea digno de Ti? ¿Cómo podría compensar la humillación que has soportado por amor a mí? No puedo más que adorarte, que humillarme, si fuera posible, hasta la nada. Y como esta adoración es indigna de ti, oso ofrecerte en este momento aquéllo que Te ofreció la propia María cuando se supo Madre de Dios y durante los nueve meses que moraste en ella. Tú me la entregaste como madre, permite que disponga de los bienes que me otorga: ella los pone a disposición de todos sus hijos para tu Gloria.

 

Acto de agradecimiento tras la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Mas, ¡oh, Salvador! María no se conformó con adorarte ella misma; su bienaventurado corazón pronto se expandió en agradecimiento. Ella se supo elegida entre todas las hijas de su pueblo, es más, entre todas las generaciones que la habían precedido y todas las que la seguirían: su alma se inundó de alegría y su boca apenas pudo expresar la felicidad que habitó en ella. ¡Ay! dijo ella, Él que es poderoso ha obrado en mí grandes milagros. Él ha visto mi bajeza y todas las generaciones me proclamaron Bienaventurada. Y a mí, oh Salvador, ¿acaso no me has otorgado una gracia de entre mil y diez mil por el regalo que me haces ahora? Me hiciste nacer en el tiempo tras Tu Encarnación y hoy no puedo sino sentirme privilegiado por este bien. Tú estás en mi interior, conozco el valor de tu Advenimiento, pero ¿cuántos todavía no te tienen en su interior, cuántos no te conocen siquiera? Tú los has invitado a todos, esto es cierto, pero un gran número de ellos no ha querido venir; y aunque a mí me has llamado mediante tu Misericordia, tu Justicia ha permitido que otros te nieguen. Bendito seas, oh Dios, que amas a todas Tus criaturas y no quieres que ninguna perezca sino por su propia mano. Tú que multiplicas los infinitos bienes de Tu amor.

 

Acto de amor después de la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Te amaré pues, oh Dios, puesto que Tú me amaste primero. Y Te amaré incluso más ahora que has venido a mí, pues has centuplicado mi fuerza para amarte. ¿No hiciste lo mismo con María cuando la elegiste como tu Madre? Hasta ese momento, ninguna criatura te había sido más fiel, ninguna merecía más el mérito de ser preferida de entre todas las otras para este incalculable honor que concediste a una hija de los hombres. Pero cuando entraste en ella, cuando tu divina persona tocó su santa pero frágil mortalidad, María, transformada por así decirlo en Ti, conoció un amor que nunca antes había conocido. ¡Ay Jesús, haz que pueda conocerlo yo! ¡Que mi propia vida se pierda en la Tuya! Pues la visita con la que me has honrado no es una visita humana. No has entrado en mi casa sino en la intimidad de mi alma, y según la palabra de tu Santo Apóstol, yo ya no vivo, eres Tú quien vive en mí. Debo por tanto amarte si me amo a mí mismo, pues Tú habitas en mí y yo en Ti, ya no quiero separarme de Ti. Quiero que mi corazón y mi vida sean una con la Tuya, por toda la eternidad.

 

Acto de dedicación tras la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Pero, ay alma mía, si amas a Dios tu Señor, aspira a vivir para Él. La presencia de Jesucristo en María no se produce sólo en ella. Cuando ocurre, nace una completa devoción por la Gloria de Él, que es a la vez su Dios y su hijo. Esta presencia íntima sembró en María un fuerte apego a todas las voluntades divinas, que le dieron fuerza para atravesar todas las pruebas que la esperaban sin desfallecer. Tú has querido también, ¡oh Salvador!, darme fuerzas con esta visita. Hasta el día en que deba dejar este mundo para presentarme frente a Ti tengo que caminar un sendero repleto de obstáculos, algunos difíciles de superar. Si yo Te amo, triunfaré sobre todos. ¿Y cómo podría no amarte, si acabas de hacerme esta visita y la repetirás siempre que me presente a ti con un deseo sincero? Estoy en Ti como Tú estás en mí. Observa mi más grande debilidad y dame fuerza. Mi fe descansa en Tu misericordia, de la que acabo de recibir la más valiosa prueba.

 

Plegaria a Nuestra Señora, a los Ángeles y a los Santos tras la Comunión

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Adviento)

Oh María, conserva en mí el fruto de esta visita de tu Hijo Divino. Ángeles del Cielo, conservad intacta la morada de vuestro Maestro. Santos y Santas, orad para que no pierda a este Dios soberano con el que estáis felizmente unidos por toda la eternidad.

Plegarias para todos los días

Acto de fe de Dom Delatte

Trinidad eterna, que eres un solo Dios: creo de una forma firme y simple todo lo que tu Iglesia Católica profesa, puesto que fuiste Tú mismo quien lo enseñó, Tú que eres la verdad suprema y la sabiduría soberana.

 

Acto de esperanza de Dom Delatte

Trinidad eterna, que eres un solo Dios, espero con total confianza, apoyado en el triunfo de Jesucristo, mi Señor, la gloria a tu lado en la vida divina y el socorro de tu Gracia en la vida presente, puesto que Tú mismo lo prometiste, Tú que eres la Fidelidad Soberana y la Suprema Santidad.

 

Acto de caridad de Dom Delatte

Trinidad eterna, que eres un solo Dios, te amo y te honro con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi espíritu y con todas mis fuerzas, así como a mi prójimo a causa de Ti, y me proclamo tuyo por completo, pues Tú eres la bondad misma, y en Tu infinita perfección y Tu infinita belleza, eres digno de ser amado sin fin.

 

Acto de contrición de Dom Delatte

Trinidad eterna que eres un solo Dios, mi corazón está contrito por haber ofendido con mis pecados tu bondad soberana y tu belleza suprema, y con humildad y firmeza, por la Gracia de Jesucristo mi Señor, me propongo a hacer penitencia y enmendar mis faltas.

 

Oh Dulzura

(dom Delatte)

Oh Dulzura, oh Belleza, oh Pureza, que eres Dios, que eres mi Dios, bien sé que la vida sobrenatural es estar junto a Ti, pero anhelo estar junto a Ti a la perfección. Si Tú lo deseas, Dios mío, este tramo ligero de la vida presente se romperá como un hilo y con un movimiento de tus dedos, con un acto de caridad hacia Ti. La vida inferior se derrumbará y mi Vida eterna será junto a Ti.

 

Para la Santa Iglesia

(Dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuarto viernes de la semana del Adviento)

¡Oh Jesucristo! Tú eres el inspirador de tal ternura en nuestra Madre; Tú eres quien nos consuelas e iluminas por su medio. Ven a visitarla, ven a renovar en ella la vida con ese nuevo Nacimiento. Concédele este año, como siempre, la constancia en la Fe, la Gracia de los Sacramentos, la eficacia de la Oración, el don de los milagros, la sucesión en la Jerarquía, la firmeza en el gobierno, la fortaleza frente a los Príncipes de este mundo, el amor a la Cruz, la victoria contra Satanás y la corona del martirio En este nuevo año que va a comenzar, consérvese bella como Esposa tuya que es; permanezca fiel a tu amor, y cada vez con mayor éxito en la gran obra que la has encomendado; porque, de año en año se aproxima el día de tu última venida, cuando aparezcas, no envuelto en pañales sino sobre un carro de fuego, para aniquilar a los enemigos de tu Iglesia y trasladarla a tu Reino eterno.

 

Ven, Jesucristo, te ofrezco mi corazón!

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuaresma)

¡Qué haría en este momento, oh Dios del Cielo y de la Tierra! ¡Salvador! ¡Mesías tan esperado! ¿Qué haría sino adorarte en silencio como a mi Amo soberano y ofrecer mi corazón a su Rey, tan lleno de dulzura? ¡Ven pues, Jesucristo! ¡Ven! La sustancia del pan y del vino se desvanece, sólo quedan las especies, como velando sobre el Cuerpo y la Sangre del Redentor, para que el miedo deje de alejarnos del misterio que se cumple cuando nuestro corazón está seguro.

 

Plegaria a Cristo en su sepulcro

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Pasión y Semana Santa)

¡Oh alma del Redentor!; te saludamos y adoramos durante estas horas que te dignaste pasar con nuestros padres. Glorificamos tu bondad, admiramos tu ternura con tus elegidos. Te damos gracias por haber humillado a nuestro temible enemigo; dígnate abatirle siempre a nuestros pies Pero: ¡Oh Emmanuel! largo tiempo has estado en el sepulcro y ya es hora de unir tu alma a tu cuerpo; el cielo y la tierra esperan tu Resurrección, y, tu Iglesia, ya está impaciente por volver a ver a su Esposo. ¡Sal del sepulcro, autor de la vida, triunfa de la muerte y reina para siempre!

Plegarias para todos los días

Plegarias para todos los días

Acto de fe de Dom Delatte

Trinidad eterna, que eres un solo Dios: creo de una forma firme y simple todo lo que tu Iglesia Católica profesa, puesto que fuiste Tú mismo quien lo enseñó, Tú que eres la verdad suprema y la sabiduría soberana.

 

Acto de esperanza de Dom Delatte

Trinidad eterna, que eres un solo Dios, espero con total confianza, apoyado en el triunfo de Jesucristo, mi Señor, la gloria a tu lado en la vida divina y el socorro de tu Gracia en la vida presente, puesto que Tú mismo lo prometiste, Tú que eres la Fidelidad Soberana y la Suprema Santidad.

 

Acto de caridad de Dom Delatte

Trinidad eterna, que eres un solo Dios, te amo y te honro con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi espíritu y con todas mis fuerzas, así como a mi prójimo a causa de Ti, y me proclamo tuyo por completo, pues Tú eres la bondad misma, y en Tu infinita perfección y Tu infinita belleza, eres digno de ser amado sin fin.

 

Acto de contrición de Dom Delatte

Trinidad eterna que eres un solo Dios, mi corazón está contrito por haber ofendido con mis pecados tu bondad soberana y tu belleza suprema, y con humildad y firmeza, por la Gracia de Jesucristo mi Señor, me propongo a hacer penitencia y enmendar mis faltas.

 

Oh Dulzura

(dom Delatte)

Oh Dulzura, oh Belleza, oh Pureza, que eres Dios, que eres mi Dios, bien sé que la vida sobrenatural es estar junto a Ti, pero anhelo estar junto a Ti a la perfección. Si Tú lo deseas, Dios mío, este tramo ligero de la vida presente se romperá como un hilo y con un movimiento de tus dedos, con un acto de caridad hacia Ti. La vida inferior se derrumbará y mi Vida eterna será junto a Ti.

 

Para la Santa Iglesia

(Dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuarto viernes de la semana del Adviento)

¡Oh Jesucristo! Tú eres el inspirador de tal ternura en nuestra Madre; Tú eres quien nos consuelas e iluminas por su medio. Ven a visitarla, ven a renovar en ella la vida con ese nuevo Nacimiento. Concédele este año, como siempre, la constancia en la Fe, la Gracia de los Sacramentos, la eficacia de la Oración, el don de los milagros, la sucesión en la Jerarquía, la firmeza en el gobierno, la fortaleza frente a los Príncipes de este mundo, el amor a la Cruz, la victoria contra Satanás y la corona del martirio En este nuevo año que va a comenzar, consérvese bella como Esposa tuya que es; permanezca fiel a tu amor, y cada vez con mayor éxito en la gran obra que la has encomendado; porque, de año en año se aproxima el día de tu última venida, cuando aparezcas, no envuelto en pañales sino sobre un carro de fuego, para aniquilar a los enemigos de tu Iglesia y trasladarla a tu Reino eterno.

 

Ven, Jesucristo, te ofrezco mi corazón!

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuaresma)

¡Qué haría en este momento, oh Dios del Cielo y de la Tierra! ¡Salvador! ¡Mesías tan esperado! ¿Qué haría sino adorarte en silencio como a mi Amo soberano y ofrecer mi corazón a su Rey, tan lleno de dulzura? ¡Ven pues, Jesucristo! ¡Ven! La sustancia del pan y del vino se desvanece, sólo quedan las especies, como velando sobre el Cuerpo y la Sangre del Redentor, para que el miedo deje de alejarnos del misterio que se cumple cuando nuestro corazón está seguro.

 

Plegaria a Cristo en su sepulcro

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Pasión y Semana Santa)

¡Oh alma del Redentor!; te saludamos y adoramos durante estas horas que te dignaste pasar con nuestros padres. Glorificamos tu bondad, admiramos tu ternura con tus elegidos. Te damos gracias por haber humillado a nuestro temible enemigo; dígnate abatirle siempre a nuestros pies Pero: ¡Oh Emmanuel! largo tiempo has estado en el sepulcro y ya es hora de unir tu alma a tu cuerpo; el cielo y la tierra esperan tu Resurrección, y, tu Iglesia, ya está impaciente por volver a ver a su Esposo. ¡Sal del sepulcro, autor de la vida, triunfa de la muerte y reina para siempre!

Prières pour les saints

Plegarias a los Santos

A San José, Padre y protector de los fieles

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Tiempo Pascual 2)

Padre y protector de los fieles, glorioso José, bendecimos a nuestra madre la Santa Iglesia que, en este declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos han corrido sin que fuesen manifestadas tus grandezas; pero no dejabas por eso de ser en el cielo uno de los intercesores más poderosos del género humano. Jefe de la sagrada familia de quien todo un Dios es miembro, prosigue tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción escondida se notaba en la salvación de los pueblos y de los particulares: pero la tierra experimentaba tus beneficios, sin haber instituido aún, para agradecerlos, las honras que hoy te ofrece. El conocimiento más claro de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu Patrocinio y de tu Protección en todas nuestras necesidades, estaban reservadas a estos tiempos calamitosos en que el estado de un mundo desesperado pide los socorros que no fueron revelados a las edades precedentes. Venimos, pues, a tus pies, ¡oh José! a fin de rendir homenaje a tu poderosa intercesión que no conoce límites, y a tu bondad que abraza a todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

 

A San José

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuaresma)

Te alabamos, te glorificamos, feliz José. Saludamos en ti al Esposo de la Reina del Cielo, al Padre nutricio de nuestro Redentor. ¿Qué mortal obtuvo nunca títulos parecidos? Y aunque estos títulos son tuyos, no son más que una simple expresión de las grandezas que Dios quiso conferirte. La Iglesia del Cielo te contempla cono depositario de sus más sublimes favores. La Iglesia de la Tierra se regocija en tus honores y te bendice por los favores que sin cesar le otorgas.

Te rogamos, oh sublime ministro de todos los buenos actos, que intervengas por nosotros frente al Dios hecho hombre. Ruégale en nuestro nombre la humildad que tanta grandeza te trajo y que será en nosotros la base de una conversión sincera. Obtén está virtud para nosotros, sin la cual la penitencia no se puede completar. Ora por nosotros, José, para que podamos ser castos. Sin la pureza el corazón y de los sentidos no podremos acercarnos a Dios en santidad, pues Él no tiene máculas ni impurezas. Por su Gracia quiso hacer de nuestros cuerpos los templos de su Espíritu Santo: ayúdanos a mantener este honor y a recuperarlo si lo perdemos.

En fin, o fiel Esposo de María, reúnenos con nuestra Madre. Si ella nos dedica una sola mirada en estos días de reconciliación, estaremos salvados. Pues ella es la Reina de la Misericordia, y Jesucristo su hijo, Jesús, que te llamó Padre, no espera más que la aprobación de su Madre para perdonarnos y convertir nuestro corazón. ¡Intercede por nosotros, oh José! Háblale de Belén, de Egipto, de Nazareth, donde su valor se apoyó en tu devoción. Dile que te amamos y que te honramos, y María nos recompensará con nuevas bondades los homenajes que rendimos a aquél que el cielo le entregó, para ser su protector y su apoyo.

 

A San Benito, patrón de Europa y padre de monjes

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuaresma)

Te saludamos con amor, ¡oh Benito!, receptáculo de elección, palmera en el desierto, hombre angelical. Cristo te ha coronado como uno de sus principales colaboradores en la obra de la salvación y de la santificación de los hombres. ¡Oh Padre de tantos pueblos!, pon los ojos en tu herencia y bendice una vez más a esta Europa ingrata, que te lo debe todo y casi ha olvidado tu nombre. Conserva la vida que amenaza con apagarse. Consolida lo que está vacilante y una nueva Europa católica surja pronto en lugar de la que la herejía y todos los falsos sectarismos nos han creado. ¡Oh Patriarca de los Servidores de Dios! mira desde lo alto del cielo la viña que tus manos plantaron: elévala, multiplícala, santifícala; haz florecer en ella el espíritu depositado en tu santa Regla y muestra con tus obras que eres también ahora el bendecido del Señor.

Sostén, oh Benito, la santa Iglesia con tu poderosa intercesión. Asiste a la Sede Apostólica, con tanta frecuencia ocupada por tus hijos. Padre de tantos pastores de pueblos, alcánzanos Obispos semejantes a los que ha formado tu Regla. Padre de tantos Apóstoles, demanda para los países infieles heraldos evangélicos que triunfen por la sangre y la palabra como todos los que salieron de tus claustros. Padre de tantos doctores, ruega a fin de que la ciencia de las sagradas letras renazca como una ayuda para la Iglesia y como confusión del error. Padre de tantos ascetas, activa el celo de la perfección cristiana que languidece en tantos cristianos modernos. Patriarca de la religión de Occidente, vivifica a todas las Ordenes religiosas que el Espíritu Santo ha dado a la Iglesia; todas te miran con respeto como a padre venerable; derrama sobre toda ella la influencia de tu caridad paternal.

En fin, oh Benito, amigo de Dios, ruega por los fieles de Cristo. Que aprendan a dominar la carne y someterla al espíritu; busquen como tú el retiro para meditar los años eternos; alejen su corazón y sus pensamientos de las alegrías fugitivas de este mundo. La piedad católica te invoca como uno de los patronos y modelos del cristiano que está para morir; recuerda la escena de tu tránsito, cuando de pie ante el altar, sostenido por los brazos de tus discípulos, apenas tocando la tierra con tus pies, entregaste tu alma a su Creador en la sumisión y confianza; obténnos, oh Benito, una muerte tranquila como la tuya. Aparta de nosotros en ese momento supremo, todas las embestidas del enemigo; visítanos con tu presencia y no nos abandones hasta que hayamos depositado nuestra alma en el seno del Dios que te ha coronado.

 

A Nuestra Señora

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuaresma)

Te saludamos, oh María, llena de gracia en este día en que gozas del honor que te estaba destinado. Por tu incomparable pureza has atraído las miradas del soberano Creador de todas las cosas, y por tu humildad le has atraído a tu seno; su presencia en ti acrecienta más todavía la santidad de tu alma y la pureza de tu cuerpo. Por medio de ti, libertadora de los hombres, fuimos arrancados del poder del maligno; solamente nuestra perversidad y nuestra ingratitud podrían atarnos de nuevo a su yugo. No lo permitas, oh María, ven en nuestra ayuda; y si, en este día de reparación, prosternados a tus pies reconocemos que hemos abusado de la gracia celestial, cuyo canal fuiste, en esta fiesta de tu Anunciación, oh Madre de los vivientes, devuélvenos la vida por tu todopoderosa intercesión ante aquel que hoy se hace tu hijo para siempre.

Plegarias a los Santos

Plegarias a los Santos

A San José, Padre y protector de los fieles

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Tiempo Pascual 2)

Padre y protector de los fieles, glorioso José, bendecimos a nuestra madre la Santa Iglesia que, en este declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos han corrido sin que fuesen manifestadas tus grandezas; pero no dejabas por eso de ser en el cielo uno de los intercesores más poderosos del género humano. Jefe de la sagrada familia de quien todo un Dios es miembro, prosigue tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción escondida se notaba en la salvación de los pueblos y de los particulares: pero la tierra experimentaba tus beneficios, sin haber instituido aún, para agradecerlos, las honras que hoy te ofrece. El conocimiento más claro de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu Patrocinio y de tu Protección en todas nuestras necesidades, estaban reservadas a estos tiempos calamitosos en que el estado de un mundo desesperado pide los socorros que no fueron revelados a las edades precedentes. Venimos, pues, a tus pies, ¡oh José! a fin de rendir homenaje a tu poderosa intercesión que no conoce límites, y a tu bondad que abraza a todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

 

A San José

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuaresma)

Te alabamos, te glorificamos, feliz José. Saludamos en ti al Esposo de la Reina del Cielo, al Padre nutricio de nuestro Redentor. ¿Qué mortal obtuvo nunca títulos parecidos? Y aunque estos títulos son tuyos, no son más que una simple expresión de las grandezas que Dios quiso conferirte. La Iglesia del Cielo te contempla cono depositario de sus más sublimes favores. La Iglesia de la Tierra se regocija en tus honores y te bendice por los favores que sin cesar le otorgas.

Te rogamos, oh sublime ministro de todos los buenos actos, que intervengas por nosotros frente al Dios hecho hombre. Ruégale en nuestro nombre la humildad que tanta grandeza te trajo y que será en nosotros la base de una conversión sincera. Obtén está virtud para nosotros, sin la cual la penitencia no se puede completar. Ora por nosotros, José, para que podamos ser castos. Sin la pureza el corazón y de los sentidos no podremos acercarnos a Dios en santidad, pues Él no tiene máculas ni impurezas. Por su Gracia quiso hacer de nuestros cuerpos los templos de su Espíritu Santo: ayúdanos a mantener este honor y a recuperarlo si lo perdemos.

En fin, o fiel Esposo de María, reúnenos con nuestra Madre. Si ella nos dedica una sola mirada en estos días de reconciliación, estaremos salvados. Pues ella es la Reina de la Misericordia, y Jesucristo su hijo, Jesús, que te llamó Padre, no espera más que la aprobación de su Madre para perdonarnos y convertir nuestro corazón. ¡Intercede por nosotros, oh José! Háblale de Belén, de Egipto, de Nazareth, donde su valor se apoyó en tu devoción. Dile que te amamos y que te honramos, y María nos recompensará con nuevas bondades los homenajes que rendimos a aquél que el cielo le entregó, para ser su protector y su apoyo.

 

A San Benito, patrón de Europa y padre de monjes

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuaresma)

Te saludamos con amor, ¡oh Benito!, receptáculo de elección, palmera en el desierto, hombre angelical. Cristo te ha coronado como uno de sus principales colaboradores en la obra de la salvación y de la santificación de los hombres. ¡Oh Padre de tantos pueblos!, pon los ojos en tu herencia y bendice una vez más a esta Europa ingrata, que te lo debe todo y casi ha olvidado tu nombre. Conserva la vida que amenaza con apagarse. Consolida lo que está vacilante y una nueva Europa católica surja pronto en lugar de la que la herejía y todos los falsos sectarismos nos han creado. ¡Oh Patriarca de los Servidores de Dios! mira desde lo alto del cielo la viña que tus manos plantaron: elévala, multiplícala, santifícala; haz florecer en ella el espíritu depositado en tu santa Regla y muestra con tus obras que eres también ahora el bendecido del Señor.

Sostén, oh Benito, la santa Iglesia con tu poderosa intercesión. Asiste a la Sede Apostólica, con tanta frecuencia ocupada por tus hijos. Padre de tantos pastores de pueblos, alcánzanos Obispos semejantes a los que ha formado tu Regla. Padre de tantos Apóstoles, demanda para los países infieles heraldos evangélicos que triunfen por la sangre y la palabra como todos los que salieron de tus claustros. Padre de tantos doctores, ruega a fin de que la ciencia de las sagradas letras renazca como una ayuda para la Iglesia y como confusión del error. Padre de tantos ascetas, activa el celo de la perfección cristiana que languidece en tantos cristianos modernos. Patriarca de la religión de Occidente, vivifica a todas las Ordenes religiosas que el Espíritu Santo ha dado a la Iglesia; todas te miran con respeto como a padre venerable; derrama sobre toda ella la influencia de tu caridad paternal.

En fin, oh Benito, amigo de Dios, ruega por los fieles de Cristo. Que aprendan a dominar la carne y someterla al espíritu; busquen como tú el retiro para meditar los años eternos; alejen su corazón y sus pensamientos de las alegrías fugitivas de este mundo. La piedad católica te invoca como uno de los patronos y modelos del cristiano que está para morir; recuerda la escena de tu tránsito, cuando de pie ante el altar, sostenido por los brazos de tus discípulos, apenas tocando la tierra con tus pies, entregaste tu alma a su Creador en la sumisión y confianza; obténnos, oh Benito, una muerte tranquila como la tuya. Aparta de nosotros en ese momento supremo, todas las embestidas del enemigo; visítanos con tu presencia y no nos abandones hasta que hayamos depositado nuestra alma en el seno del Dios que te ha coronado.

 

A Nuestra Señora

(dom Guéranger, Año Litúrgico, Cuaresma)

Te saludamos, oh María, llena de gracia en este día en que gozas del honor que te estaba destinado. Por tu incomparable pureza has atraído las miradas del soberano Creador de todas las cosas, y por tu humildad le has atraído a tu seno; su presencia en ti acrecienta más todavía la santidad de tu alma y la pureza de tu cuerpo. Por medio de ti, libertadora de los hombres, fuimos arrancados del poder del maligno; solamente nuestra perversidad y nuestra ingratitud podrían atarnos de nuevo a su yugo. No lo permitas, oh María, ven en nuestra ayuda; y si, en este día de reparación, prosternados a tus pies reconocemos que hemos abusado de la gracia celestial, cuyo canal fuiste, en esta fiesta de tu Anunciación, oh Madre de los vivientes, devuélvenos la vida por tu todopoderosa intercesión ante aquel que hoy se hace tu hijo para siempre.