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Convertirse en monje

Ser monje es una vocación. Es Dios quien nos llama a la vida monástica; no elegimos la vocación nosotros mismos.

Pero entonces, ¿cómo sabemos que tenemos la vocación? Lo sabemos principalmente por el deseo de nuestro corazón. Dios es el único capaz de penetrar la intimidad de nuestro corazón y generarnos el deseo de seguir una vida de amistad más profunda con Él. Cuando alguien se siente atraído por la vida monástica, debe comenzar una travesía de descubrimiento para discernir si dicho deseo corresponde en efecto a una llamada divina. Debe rogar a Dios durante la plegaria que aclare sus pensamientos, consultar a personas experimentadas y que lo conozcan bien. Si el deseo perdura, puede contactar con el maestro de los novicios: el monje responsable de la acogida y formación de futuros monjes.

Hay un largo periodo probatorio entre la llegada de un candidato al monasterio y la integración definitiva en la comunidad, bajo la dirección del maestro de novicios. Este periodo es también un tiempo de formación durante el cual el novicio estudia la Regla de San Benito y la tradición monástica. Es sobre todo un periodo para continuar la reflexión que comenzó antes de entrar al monasterio. El signo que indica que el novicio realmente tiene la vocación es que sea feliz en el monasterio.

Este periodo contiene momentos importantes: la toma de hábitos, en las que recibe el hábito monástico, y la profesión simple, en la que hace sus votos monásticos durante tres años. Sólo tras pasar seis años en el monasterio puede el candidato convertirse en monje de forma definitiva y realizar los votos solemnes.