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Billet du 16/02/2016

La Cuaresma es un tiempo de gracia durante el cual somos convidados a retirarnos al desierto, como Jesús que había preparado su ministerio por un ayuno largo de cuarenta días; disfrutemos de este tiempo, no tanto para reposarnos, si no fuese de nuestras tibiezas y de nuestras negligencias, que para escuchar la voz de Dios que nos llama a la conversión.

El desierto es un lugar de silencio, de indigencia, de soledad, y aún de muerte. Puede inquietar o repeler, pero si uno lo piensa bien, es también el lugar privilegiado del encuentro con Dios, donde se hace la experiencia de su misericordia y de su perdón. Esto significa también que debemos, a nuestra vez, practicar esta misericordia y este perdón hacia al prójimo: "Muéstrate misericodioso como tu Padre es misericodioso".

Qué esta Cuaresma nos lleve más a esta mirada de bondad y de compasión hacia nuestros hermanos, que conocen dificultades, que son sumergidos en la miseria corporal o espiritual, que conocen aflicciones de todo género: "Regocíjate con quién está en la alegría, llora con quién llora" (Ro. 12, 15). El Padre, que escudriña el secreto, nos lo devolverá.

+ her. Philippe Dupont, abad